El Madrid se come al Atlético para cerrar el Calderón

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Un hat-trick de Ronaldo le valió al Real Madrid para golear al Atlético en su propio estadio y dar un golpe encima de la mesa de cara a la Liga. De falta, de penalti y de contraataque, con todo el repertorio para cerrar los duelos ligueros en el Manzanares y abrir hueco en la clasificación.

El azote para que el nacimiento del partido fuese efectivo lo dio Isco. Pero no fue violento, ni explosivo. Fue suave, delicado, más caricia que otra cosa. Al Madrid le costó unos minutos entrar en el choque, pero el malagueño acunó a su equipo hasta que estuvo preparado para lanzarse a la victoria.

Isco, puro nervio, se convirtió en el santuario de paz para los blancos, un remanso de tranquilidad al que lanzarle la bola cuando quemaba o cuando se encogía la pierna.

Oblak evitó el primero de Cristiano con un paradón sobre la línea, un anticipo de lo que se le venía encima al Atlético. Ronaldo estuvo bien. Muy bien. Activo, con ganas de gustarse, de cooperar, de dejar huella. Y vaya si lo hizo.

Escribió de puño y letra otra página de su historia y de la Historia del Real Madrid. El último derbi liguero del Calderón siempre será suyo. El último recuerdo rojiblanco de las visitas del vecino al Manzanares siempre será suyo, como un monstruo que se aparece en las pesadillas atléticas.

A los 23 minutos Cristiano adoptó pose de pistolero, chutó y su tiro se iba a convertir en mueca de disgusto, de ocasión perdida, hasta que la barrera se abrió, y el balón pegó en Savic para despistar a Oblak. Zidane lo celebró con ganas y es obligado darle mérito. No del gol, claro. Del plan. Tapó todas las líneas de pase, eliminó todas las vías de agua que podrían hacer naufragar a su equipo y descubrió, de repente, que puede jugar con otro esquema que no sea el 4-3-3, que no es infidelidad.

Blanco inmaculado fue el primer tiempo, en el que lo mejor para la parroquia local fue el resultado. El Atlético adoleció de aquello que siempre presume, de intensidad bien entendida. Torres desapareció engullido por un inmenso Nacho, Griezmann no se dejó ver en toda la primera parte y los intentos de Carrasco y los laterales terminaban en córners que se perdían como lágrimas en la lluvia.

Todo lo contrario que en la segunda parte. Los primeros diez minutos dejaron inventar dos escenas diferentes en los vestuarios al descanso. En uno Cholina y apelación al sentimiento, a la ilusión y a la sonrisa de los niños.

En el otro, satisfacción por el plan cumplido. Y unos salieron a comerse el césped y los otros creyendo el trabajo hecho. Fueron diez minutos en los que los taconcitos afloraron en las filas blancas, los errores, la falta de rabia necesaria para jugar estos partidos, la que se incendiaba en grandes cantidades en el ejército contrario.

Carrasco y Griezmann pusieron a prueba a un Keylor imbatible y Simeone se vio arrastrado por la riada de ambición que pedía la grada. Sacó del campo a Gabi y Torres para dar entrada a Correa y Torres. Cambió su plan de siempre por un estilo más propio del Madrid, de no tener paciencia, de cuando te llevan los demonios y quieres morder.

Y su Atleti se rompió. Oblak se estiró para negarle el premio del gol a Isco, pero el campo ya estaba decantado hacia su portería. Un despeje de Varane sorprendió a un Savic perfecto hasta ese momento. Cristiano estuvo más rápido y más listo y le sacó el penalti que sentenció el partido.

Al lado contrario de San Siro, como previendo que Oblak quisiera parar en el Calderón no lo que pudo detener en Milán. Se acercó a una cámara y se quedó congelado, como congeló La Caldera. Y cinco minutos después, a un cuarto de hora del final, le puso el epílogo al derbi del Manzanares. Una contra iniciada por Isco, madurada por Bale y decidida por Ronaldo, conquistador del territorio comanche, como quedará escrito para siempre.

El Atlético no tuvo opción de ofrecerle a los suyos un final feliz. Se queda a nueve puntos del Madrid y vuelve a marcharse a casa con los ojos fijados en el suelo, más que por dolor, por no ver la sonrisa del vecino, esa que tanto duele estos días. Con una diferencia. Esta ya no se va a borrar, al menos no en este capítulo del libro.

El Madrid avanza a saltos en la Liga, líder implacable, gustándose tras la línea enemiga, cerrando el Calderón con las llaves en el bolsillo en un recuerdo para toda la vida. Un derbi para enmarcar.

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